jueves, 20 de marzo de 2008

Este video muestra tres pasajes de la vida de Pablo Neruda;

1) En el Pacaembu junto a Carlos Prestes
2) En Cuba junto a Nicolas Guillén (ver enlace de Cándido Portinari) y a Carlos Puebla.
3) Imágenes de Pablo Neruda.



Pablo Neruda y Carlos Prestes

15 de julio: asiste en el Estadio de Pacaembú, en Sao Paulo, al Comicio en homenaje a Luis Carlos Prestes (cien mil personas). 30 de julio: recepción en la Academia Brasileira de Letras, en Río; discurso de recepción a cargo de Manuel Bandeira. 31 de julio: se realiza, en Río de Janeiro, el Comicio Pablo Neruda.

PRESTES

(Confieso que he vivido)

Ningún dirigente comunista de América ha tenido una vida tan azarosa y portentosa como Luis Carlos Prestes. Héroe militar y político de Brasil, su verdad y su leyenda traspasaron hace mucho tiempo las restricciones ideológicas, y él se convirtió en una encarnación viviente de los héroes antiguos.

Por eso, cuando en Isla Negra recibí una invitación para visitar el Brasil y conocer a Prestes, la acepté de inmediato. Supe, además, que no había otro invitado extranjero y esto me halagó. Sentí que de alguna manera yo tomaba parte en una resurrección.

Recién salía Prestes en libertad después de más de diez años de prisión. Estos largos encierros no son excepcionales en el "mundo libre". Mi compañero, el poeta Nazim Hikinet, pasó trece o catorce años en una prisión de Turquía. Ahora mismo, cuando escribo estos recuerdos, hace ya doce años que seis o siete comunistas del Paraguay están enterrados en vida, sin comunicación alguna con el mundo. La mujer de Prestes, alemana de origen, fue entregada por la dictadura brasileña a la Gestapo. Los nazis la encadenaron en el barco que la llevaba al martirio. Dio a luz una niña que hoy vive con su padre, rescatada de los dientes de la Gestapo por la infatigable matrona doña Leocadia Prestes, madre del líder. Luego, después de haber dado a luz en el patio de una cárcel, la mujer de Luis Carlos Prestes fue decapitada por los nazis. Todas esas vidas martirizadas hicieron que Prestes jamás fuera olvidado durante sus largos años de prisión.

Yo estaba en México cuando murió su madre, doña Leocadia Prestes. Ella había recorrido el mundo demandando la liberación de su hijo. El general Lázaro Cárdenas, ex presidente de la República Mexicana, telegrafió al dictador brasileño pidiendo para Prestes algunos días de libertad que le permitieran asistir al entierro de su madre. El presidente Cárdenas, en su mensaje, garantizaba con su persona el regreso de Prestes a la cárcel. La respuesta de Getulio Vargas fue negativa.

Compartí la indignación de todo el mundo y escribí un poema en honor de doña Leocadia, en recuerdo de su hijo ausente y en execración del tirano.

Lo leí junto a la tumba de la noble señora que en vano golpeó las puertas del—mundo para liberar a su hijo. Mi poema empezaba sobriamente:

Señora, hiciste grande, más grande a nuestra América. Le diste un río puro de colosales aguas: le diste un árbol grande de infinitas raíces: un hijo tuyo digno de su patria profunda.

Pero, a medida que el poema continuaba se hacía más violento contra el déspota brasileño.

Lo seguí leyendo en todas partes y fue reproducido en octavillas y en tarjetas postales que recorrieron el continente.

Una vez, de paso por Panamá, lo incluí en uno de mis recitales, luego de haber leído mis poemas de amor. La sala estaba repleta y el calor del istmo me hacía transpirar. Empezaba yo a leer mis imprecaciones contra el presidente Vargas cuando sentí secarse mi garganta. Me detuve y alargué la mano hacia un vaso que estaba cerca de mí. En ese instante vi que una persona vestida de blanco se acercaba presurosa hacia la tribuna. Yo, creyendo que se trataba de un empleado subalterno de la sala, le tendí el vaso para que me lo llenara de agua. Pero el hombre vestido de blanco lo rechazó indignado y dirigiéndose a la concurrencia gritó nerviosamente: "Soy o Embaxaidor do Brasil. Protesto porque Prestes es sólo un delincuente común..."

A estas palabras, el público lo interrumpió con silbidos estruendosos. Un joven estudiante de color, ancho como un armario, surgió de en medio de la sala y, con las manos dirigidas peligrosamente a la garganta del embajador, se abrió paso hacia la tribuna. Yo corrí para proteger al diplomático y por suerte pude lograr que saliera del recinto sin mayor desmedro para su investidura.

Con tales antecedentes, mi viaje desde Isla Negra a Brasil para tomar parte en el regocijo popular, pareció natural a los brasileños. Quedé sobrecogido cuando vi la multitud que llenaba el estadio de Pacaembú, en Sáo Paulo. Dicen que había más de ciento treinta mil personas. Las cabezas se veían pequeñísimas dentro del vasto círculo. A mi lado Prestes, diminuto de estatura, me pareció un lázaro recién salido de la tumba, pulcro y acicalado para la ocasión. Era enjuto y blanco hasta la transparencia, con esa blancura extraña de los prisioneros. Su intensa mirada, sus grandes ojeras moradas, sus delicadísimas facciones, su grave dignidad, todo recordaba el largo sacrificio de su vida. Sin embargo habló con la serenidad de un general victorioso.

Yo leí un poema en su honor que escribí pocas horas antes. Jorge Amado le cambió solamente la palabra albañiles por la portuguesa "pedreiros". A pesar de mis temores, mi poema leído en español fue comprendido por la muchedumbre. A cada línea de mi pausada lectura estalló el aplauso de los brasileños. Aquellos aplausos tuvieron profunda resonancia en mi poesía. Un poeta que lee sus versos ante ciento treinta mil personas no sigue siendo el mismo, ni puede escribir de la misma manera después de esa experiencia.

Por fin me encuentro frente a frente con el legendario Luis Carlos Prestes. Está esperándome en la casa de unos amigos suyos. Todos los rasgos de Prestes —su pequeña estatura, su del gadez, su blancura de papel transparente—adquieren una precisión de miniatura. También sus palabras, y tal vez su pensamiento, parecen ajustarse a esta representación exterior.

Dentro de su reserva, es muy cordial conmigo. Creo que me dispensa ese trato cariñoso que frecuentemente recibimos los poetas, una condescendencia entre tierna y evasiva, muy parecida a la que adoptan los adultos al hablar con los niños.

Prestes me invitó a almorzar para un día de la semana siguiente. Entonces me sucedió una de esas catástrofes sólo atribuible al destino o a mi irresponsabilidad. Sucede que el idioma portugués, no obstante tener su sábado y su domingo, no señala los demás días de la semana como lunes, martes, miércoles, etc., sino con las endiabladas denominaciones de segonda feíra, tersa Jeira, quarta Jeira, saltándose la primera Jeira para complemento. Yo me enredo enteramente en esas feiras, sin saber de qué día se trata.

Me fui a pasar algunas horas en la playa con una bella amiga brasileña, recordándome a mí mismo a cada momento que al día siguiente me había citado Prestes para almorzar. La quarta feira me enteré de que Prestes me esperó la tersa Jeira inútilmente con la mesa puesta mientras que yo pasaba las horas en la playa de Ipanema. Me buscó por todas partes sin que nadie supiera mi paradero. El ascético capitán había encargado, en honor a mis predilecciones, vinos excelentes que tan difícil era conseguir en el Brasil. Ibamos a almorzar los dos solos.

Cada vez que me acuerdo de esta historia, me quisiera morir de vergüenza. Todo lo he podido aprender en mi vida, menos los nombres de los días de la semana en portugués.

***

Dura elegía

(Residencia en la tierra)


Señora, hiciste grande, más grande a nuestra América.
Le diste un río puro de colosales aguas:
le diste un árbol alto de infnitas raíces:
un hijo tuyo digno de su patria profunda.
Todos lo hemos querido junto a estas orgullosas
flores que cubrirán la tierra en que reposas,
todos hemos querido que viniera del fondo
de América, a través de la selva y del páramo,
para que así tocara tu frente fatigada
su noble mano llena de laureles y adioses.

Pero otros han venido por el tiempo y la tierra,
señora, y le acompañan en este adiós amargo
para el que te negaron la boca de tu hijo
y a él, el encendido corazón que guardabas.
Para tu sed negaron el agua que creaste,
el manantial remoto de su boca apartaron.
Y no sirven las lágrimas en esta piedra rota,
en que duerme una madre de fuego y de claveles.

Sombras de América, héroes coronados de furia,
de nieve, sangre, océano, tempestad y palomas,
aquí: venid al hueco que esta madre en sus ojos
guardaba para el claro capitán que esperamos:
héroes vivos y muertos de nuestra gran bandera:
O'Higins, Juárez, Cárdenas, Recabarren, Bolívar,
Martí, Miranda, Artigas, Sucre, Hidalgo, Morelos,
Belgrano, San Martín, Lincoln, Carrera, todos
venid, llenad el hueco de vuestro gran hermano
y que Luis Carlos Prestes sienta en su celda el aire,
las alas torrenciales de los padres de América.

La casa del tirano tiene hoy una presencia
grave como un inmenso ángel de piedra,
la casa del tirano tiene hoy una visita
dolorosa y dormida como una luna eterna,
una madre de llanto, de venganza, de flores,
una madre de luto, de bronce, de victoria,
mirará eternamente los ojos del tirano
hasta clavar en ellos nuestro luto mortal.

Señora, hoy heredamos tu lucha y tu congoja.
Heredamos tu sangre que no tuvo reposo.
Juramos a la tierra que te recibe ahora,
no dormir ni soñar hasta que vuelva tu hijo.
Y como en tu regazo su cabeza faltaba
nos hace falta el aire que su pecho respira,
nos hace falta el cielo que su mano indicaba.
Juramos continuar las detenidas venas,
las detenidas llamas que en tu dolor crecían.
Juramos que las piedras que te ven detenerte
van a escuchar los pasos del héroe que regresa.

No hay cárcel para Prestes que esconda su diamante.
El pequeño tirano quiere ocultar su fuego
con sus pequeñas alas de murciélago frío
y se envuelve en el turbio silencio de la rata
que roba en los pasillos del palacio nocturno.

Pero como una brasa de centella y fulgores
a través de las barras de hierro calcinado
la luz del corazón de Prestes sobresale,
como en las grandes minas del brasil la esmeralda,
como en los grandes ríos del Brasil la corriente
y como en nuestros bosques de índole poderosa
sobresale una estatua de estrellas y follaje,
un árbol de las tierras sedientas del Brasil.

Señora, hiciste grande, más grande a nuestra América.
Y tu hijo encadenado combate con nosotros,
a nuestro lado, lleno de luz y de grandeza.
Nada puede el silencio de la araña implacable
contra la tempestad que desde hoy heredamos.
Nada pueden los lentos martirios de este tiempo
contra su corazón de madera invencible.

El látigo y la espada que tus manos de madre
pasearon por la tierra como un sol justiciero
iluminan las manos que hoy te cubren de tierra.
Mañana cambiaremos cuanto hirió tu cabello.
Mañana romperemos la dolorosa espina.
Mañana inundaremos de luz la tenebrosa
cárcel que hay en la tierra.
Mañana venceremos.
Y nuestro Capitán estará con nosotros.


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